Enterate de cómo respondió el jazz ante una etapa negra en la historia argentina: la dictadura militar.

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Al exilio

 

Se calcula que entre 1954 y 1984 un poco más de medio millón de argentinos se fue a vivir a otra parte. Los principales destinos de la diáspora fueron los Estados Unidos (22%), los países limítrofes (41%), Israel, Venezuela y España.[1] Este exilio fue denominado “la fuga de cerebros”. Es cierto que algunos de los exiliados volverían al país en los ’90, pero aquella pérdida fue un hecho irreparable y así como la vida universitaria y científica ya no volvió a ser la misma, lo mismo puede decirse de la actividad musical. Los músicos que emigraron tuvieron mucho éxito en los países que los recibieron.

 

Jazz en la Dictadura Militar

 

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Los años de la dictadura militar tuvieron para el mundo del jazz y la música popular instrumental dos caras. Por un lado, fueron tiempos de dólar bajo y plata dulce, con estrellas internacionales que llenaban los teatros de la calle Corrientes y discos importados que ya no eran tan inaccesibles como antes. Mientras tanto, en otros espacios de la ciudad, músicos y oyentes se citaban en torno a una música que, aunque no figurara en el índice de los censores, simbolizaba la libertad de expresión.

Entre 1977 y 1982 se alcanzó una frecuencia de visitas internacionales sin precedente. Este hecho tuvo dos razones principales: la primera fue la política económica de la dictadura y la otra fue un público receptivo para el jazz, conformado por veteranos y jóvenes influenciados por el jazz-rock. Además, el 6 de abril de 1978 se inauguró Jazz & Pop, lugar cuyo funcionamiento significó un acto de resistencia cultural. Una de las razones del éxito de Jazz & Pop fue el compromiso y trabajo de Jorge González y Néstor Astarita.

 

El jazz y los medios en tiempos difíciles

 

            En los años anteriores al golpe de ’76, medios gráficos como La Opinión y la serie de revista derivadas de Primera Plana fortalecieron la tendencia al artículo firmado, al toque subjetivo y la toma de partido en cuestiones estéticas. Aunque tenía menos expertos que otras zonas de la cultura, el jazz también despertó la atención de los medios, algo que, con vaivenes de intensidad, venía sucediendo desde los años ’30.

            A comienzos de la década de los ’70, mientras el jazz adoptaba instrumentos eléctricos de la mano de Miles Davis y sus alumnos, se volvía a editar la revista Jazz Magazine a cargo de Alizieri. Alberto Consiglio publicaba la revista Jazz-band y las revistas de rock Expreso Imaginario y Pelo publicaron notas sobre jazz. Esto significaba que el jazz siempre figuraba como en el horizonte de las músicas que un joven amante del rock podía llegar a escuchar con interés. Por eso, no era sorprendente que Pelo le dedicara la tapa de marzo del ’77 a Gato Barbieri o que Roberto Pettinato, redactor de Expreso, se declarara amante del free jazz.

            En materia de libros de jazz, la Argentina estaba muy atrasada. Exceptuando los trabajos de Ortiz Oderigo y algunas traducciones esporádicas, el aficionado no contaba con bibliografía en castellano. A mediados de los ’70 se editaron algunos libros interesantes, como Jazz Rock de Walter Thiers (editorial Marymar), Guía del jazz de Audusto Cichero (editorial Huemul) y El jazz. Historia y presencia de Roque Pedro (editorial Convergencia).

            En la TV, el jazz no tuvo un lugar de importancia. En la radio, en cambio, su protagonismo fue mayor. Los programadores lo tenían en cuenta, los conductores solían saber bastante sobre este género.

            Un par de años antes de que la radio pasara música disco y varios músicos populares debieran exiliarse, el gobierno de Isabel Martínez de Perón quiso prohibir la música extranjera. En febrero de 1975 entró en vigencia la reglamentación que establecía porcentajes obligatorios de música nacional. Quienes programaban la música de la radio debían tener en cuenta que sólo podían elegir un 25% de música extranjera. El 75% restante se dividía en partes guales entre el tango, el folclore y “ritmos latinoamericanos”. En este reparto ni el rock en castellano ni el jazz tocado por argentinos pertenecían a la música argentina. Los músicos nacionales no llegaron a apelar esta decisión, ya que en marzo del ’76 listas de músicos prohibidos empezaron a circular por los despachos de los directivos de las emisoras estatales y privadas. A partir de aquel momento todo decayó: la dictadura militar destruyó la industria nacional y las posibilidades de tomar registro de la vida cultural quedaron seriamente restringidas.


[1] Alfredo Lattes: “Emigración de argentinos, versiones y realidades” (en: Ciencia y sociedad, Buenos Aires, año 1, número 1, 1988). En:Sergio Pujol: “Jazz al Sur”, Ed. Emece, 2004)