Tiempos de Rock
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Al promediar los años ’70, el rock ya era un género capaz de absorber influencias de todo tipo y hacer con ellas algo diferente y en castellano. Este género comenzaba a mostrar sus propias características. Aún no era común encontrarlo en los medios masivos de comunicación, ya que sólo después de la Guerra de las Malvinas sus canciones sonarían por todas partes.
El diálogo entre el rock y el jazz creció en aquellos años. En 1969, el primer disco de Almendra contaba con la presencia de músicos de tango, músicos sinfónicos y algunos músicos de jazz, como Santiago Giacobbe, Gustavo Bergalli y Rodolfo Alchourrón. Otras bandas también lograron este diálogo: Alma y Vida era un ensamble con una fuerte sección de vientos, y Arco Iris tenía en su saxofonista Ara Tokatlian un músico tan versátil que podía tocar tanto junto a Arco Iris como con grandes del jazz como Enrique Villegas. En 1973, Lito Nebbia formó un trío de jazz y bossa nova. Charly García también se vio influenciado por el jazz tanto en La Máquina de Hacer Pájaros como en Serú Girán: contaba con solos largos, estilo modal y ritmo con swing.
En el plano internacional, la realidad del jazz también estaba cambiando. Los trabajos de Miles Davis “In a Silent Way” y “Bitches Brew” dieron el puntapié inicial para el surgimiento de los llamados jazz-rock y jazz fusión. Entre los músicos que adoptaron estas nuevas corrientes se puede encontrar a Joe Zawinul, Wayne Shorter, Peter Erskine y Jaco Pastorius con su banda Weather Report, a John McLaughlin con su Mahavishnu Orchestra o a las formaciones de Chick Corea.
Para muchos músicos de jazz formados entre los ’50 y ’60, el jazz apelaba a elementos del rock para poder sumar público, sin que esto significase un descuido de los atributos principales de la música improvisada. En la medida en que los músicos se impregnaban de un lenguaje más accesible o parecido a lo que el público consumía, el jazz podía seguir viviendo.
El jazz argentino, evidentemente, se estaba renovando. El ejemplo más rotundo de este cambio ocurrió a principios de la década del ’70 con la banda Quinteplus, formada por Jorge Anders, Gustavo Bergalli, Santiago Giacobbe, Jorge González y Pocho Lapouble. El concepto musical impulsado por Quinteplus no era muy diferente al jazz anterior, pero con una diferencia: donde los músicos negros apelaban al gospel y el blues, los argentinos optaron por melodías de raíz nacional. Otro que nuevamente mezclaba su música con el jazz fue Astor Piazzolla, que grabó el álbum Reunión Cumbre junto al saxofonista barítono Gerry Mulligan, en 1974. Este álbum fue muy difundido por la radio y fue un éxito en ventas. Aún así, los públicos tanto del jazz como del tango no se entusiasmaron con el resultado de la reunión de Mulligan y Piazzolla, y el álbum terminó seduciendo a la franja de oyentes “informados y sensibles” que sólo busca “buena música”.
Pasaron los años y no dejaron de surgir músicos argentinos con iniciativas propias y hasta 1976 la primera línea de música improvisada se integró al contexto social de la época. Pero el quiebre institucional de marzo de 1976 afectó el curso de la vida cultural de la Argentina. Si bien el jazz sufrió un poco menos los ataques de la dictadura que la proyección folclórica, la represión destruyó redes de intercambio y fueron muchos los músicos de jazz o cercanos a su estética que debieron emigrar, amenazados por el terrorismo de estado o directamente impedidos de trabajar por causa de las listas negras y el clima de intimidación que hizo de la Argentina un país amordazado. Por estas razones, el jazz se mudó al círculo under, sonando en boliches, unos pocos sellos independientes y programas de radio que los melómanos sintonizaban con satisfacción. También se organizaron jam sessions en casas particulares. En 1977, en el balance anual del rock, Miguel Grinberg pintaba un cuadro tan desalentador como real, en el que también tenían cabida los músicos de jazz:
“Decayeron las fuentes de trabajo, pues disminuyó el efectivo juvenil para gastos musicales. Bajó en más de un 50% la venta de discos (con comparación con 1976) y casi se triplicó el precio de los álbumes. La generación anterior, dedicada mayormente al jazz, tuvo dos opciones: claudicar o emigrar. Los unos se profesionalizaron como músicos en grabaciones comerciales, jingles o acompañamientos de figuras mediocres, orquestas de canales de tevé o teatros revisteriles. Los otros, como Gato Barbieri, se fueron con la música a otra parte. La generación actual, dedicada en principio al rock y a experiencias conexas que incorporan elementos de la llamada música erudita, sufre la misma disyuntiva…”[1]
[1] “Rock. Avatares de una nueva músicaubana” (en: La Opinión, Buenos Aires, 18 de diciembre de 1977). En Sergio Pujol: “Jazz al Sur”, Ed. Emecé Argentina, 2004.

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