Obras de Ligeti y Bartók enmarcaron cinco canciones del gran compositor en la Semana de la Cultura Húngara. Conocé a Ars Hungárica.

Ars Hungarica 

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Los dos extremos del concierto que anteayer presentó la asociación Ars Hungarica estuvieron sobrevolados por el jazz. Tanto las piezas de György Ligeti como la de Béla Bartók mantienen una conexión estética con ese género, aunque de manera idiosincrásica y notablemente distinta.

Enmarcada por esos dos extremos, la parte media estuvo dedicada a cinco canciones de Franz Liszt que la mezzo Virginia Correa Dupuy cantó acompañada por Inés Panzone Benedek. La ubicación central fue acertada en la medida en que iluminó a Liszt desde el futuro y permitió advertir los presagios que contenía su música. Incluso en la forma de la canción de cámara, es evidente que Liszt estaba un paso por delante de su época. Técnicamente consistente y con una exacta dosificación de dramatismo, Correa Dupuy resultó admirable: fue punzante en "La tombe et la rose"; urgente en "Comment, disaient-ils" y desoladora en "Oh, quand je dors".

En el principio, se escucharon tres de los Estudios, de Ligeti, interpretados por Susana Kasakoff. Tanto los dos libros de Estudios (1985-1993) como el Concierto para piano (1985-1988) le deben mucho al descubrimiento de los estudios para pianola de Conlon Nancarrow, esas imaginarias profundizaciones mecánicas del ragtime que Ligeti juzgaba "un hito en la música del siglo XX". Los tres Estudios, de Ligeti ("Arc-en-ciel", "Cordes à vide" y "Automne à Varsovie"), no podrían haber sido mejor elegidos: esas piezas, las de tiempo más lento del primer libro, conforman un pequeño ciclo. Ligeti no concibió esta música para el piano, sino desde el piano, lo cual implica que el virtuosismo del intérprete resulta decisivo, como si el compositor hubiera tenido en mente tanto la música que quería componer como el placer físico del pianista al tocarla. Kasakoff consiguió transmitir ese tránsito placentero. Exploró las asimetrías y los desplazamientos de los acentos sin amenazar el pulso regular que alienta en el fondo de cada una de las piezas, y excavó perspectivas que desnudaron reminiscencias impresionistas y románticas. Con su bellísimo motivo arpegiado en quintas, "Cordes à vide" recibió aquí un tratamiento cercano a Debussy. La lectura fue brillante en "Automne à Varsovie", pieza en la que las manos tocan en distintas velocidades, y se logró un efecto perturbador sobre el final. Este estudio no se apaga; se interrumpe en seco -lo que vuelve aun más ominosa su entonación fúnebre- después del pasaje que Ligeti indicó como tutta la forza . Kasakoff apuró allí la velocidad, como si todo lo escuchado precipitara sobre el final abrupto e imantado.

Contrastes fue el resultado del encargo que, a instancias del violinista Joseph Szigeti, el clarinetista Benny Goodman le hizo a Bartók en 1938. Y los tres grabaron la obra de cámara en 1941 para el sello Columbia. De algún modo, "Verbunkos", el primer movimiento, mantiene la atmósfera lúgubre de "Automne à Varsovie" y, a la vez, el pizzicato del violín que abre la pieza conversa con el jazz a través de su alusión al movimiento "Blues" de la Sonata para violín , de Ravel. La versión que ofrecieron Kasakoff, Carlos Céspedes y Humberto Ridolfi sonó ajustada e irreprochable desde todo punto de vista. Y aunque no se siguió la indicación de Bartók de reemplazar el violín al inicio del movimiento para respetar la scordatura , "Sebes" fue un vehículo perfecto para el virtuosismo. Contrastes es una obra exigente para los intérpretes, sobre todo por sus incesantes contrapuntos rítmicos. El trío conservó esa singularidad sin que la textura opacara jamás la individualidad de las voces.

Fuente: Pablo Gianera del diario La Nación